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Testimonio del hermano Mario Totic

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“¡Señor, quiero seguirte!”.

TESTIMONIO DEL HERMANO MARIO TOTIC

Me llamo Mario, tengo 35 años y soy de Croacia. Actualmente estoy cursando mi cuarto año en el Seminario de Ajofrín y tengo ya cinco años en el Movimiento. Antes de hablarles de mi experiencia como misionero, quiero contarles un poco de mi vida, para que puedan entender más fácilmente el gran don que Dios me ha dado: la vocación misionera.

Gracias a Dios procedo de una familia católica, ahora practicante, pero no durante mi infancia, cuando mis padres vivían alejados de la Iglesia: como dice el Papa Francisco, “eran cristianos de pastelería”, es decir asistían a la iglesia solamente en ocasiones especiales como bautizos, matrimonios, etc. Pero como niño la iglesia me llamaba mucho la atención y me gustaba especialmente participar en todas las actividades que se llevaban a cabo en mi parroquia.

Debo decir  que en la década de 1980 todavía Croacia estaba bajo el régimen comunista que impedía a los católicos profesar su fe, porque de  otro modo hubieran podido perder su trabajo. Era un tiempo en el cual mucha gente importante bautizaba a sus hijos clandestinamente. Nunca me voy a olvidar de la Hermana Mery (religiosa) que nos llevaba en un pequeño grupo de niños a una antigua mezquita, que ahora pertenece a la Iglesia católica, para cantar villancicos y alabar al Señor, obviamente a escondidas de los espías comunistas. Eran momentos muy difíciles y a la vez inolvidables de mi vida.

 En junio de 1991 Croacia declaró su independencia, la cual fue reconocida el 8 de octubre de ese año. Pero poco después empezó una guerra que duró los cuatro años sucesivos a la declaración. Fueron famosas las batallas de Vukovar y de Konavle, así como el asedio de Dubrovnik. Mi padre se fue a luchar para proteger nuestra tierra, mientras que nosotros -me refiero a mí y a mis hermanos con mi madre- nos quedamos viviendo en el sótano debajo de nuestra casa, junto con algunos vecinos que no tenían lugar a donde ir, por los fuertes y peligrosos bombardeos del enemigo.

En ese entonces yo tenía 12 años y quería descubrir el mundo e ir ayudar a mi padre, al que no veía desde hacía mucho tiempo.  Mis hermanos y yo, junto con mi madre, estábamos muy angustiados porque no sabíamos si lo volveríamos a ver. Al finalizar la guerra en agosto de 1995, trajeron de regreso a mi padre: lo encontraron con los pies congelados en un hoyo donde estuvo tres días solo, sin poder moverse por el frio que hacía. Gracias a Dios lo encontraron los aliados y lo trajeron a casa.

La guerra trajo mucha destrucción y desolación, muerte y tristeza. Nunca se me va a olvidar el día en que a mi vecina le mataron a su hijo en la fecha en que cumplía 19 años. Ver a una madre desolada como ella nunca se  me va a olvidar. Seguramente se preguntarán por qué les cuento todo esto. Y es porque desde ese tiempo perdí la  alegría. A mi padre la guerra le ha dejado grandes traumas, lo ha convertido en un hombre duro y violento, y lo ha hecho caer en una gran tristeza. En nuestra familia ya no había la paz y la alegría de antes, sino todo lo contrario: parecía un campo de batalla.

En ese tiempo sucedió un hecho muy lindo: la conversión de mi madre. Desde entonces, ella nunca se ha cansado de apoyar y animar a todos nosotros, a pesar del gran dolor que le hemos causado nosotros sus hijos queriendo la separación de nuestros padres. Ella siempre ha creído que con la ayuda de Dios un día íbamos a salir adelante. Y tenía razón, porque tenía la fe.

Después de todas estas vivencias y muchas más durante mi infancia, yo no pude recuperarme, porque vivía con un gran rencor contra mi padre y no podía perdonarlo: le culpaba de todo mal que me pasaba en la vida. Con todo este rencor dentro de mi corazón, escogí el mal camino que me llevó a caer en el mundo de las drogas, en una vida sin sentido, donde uno espera que pronto se acabe todo, para dejar así de sufrir.

Pero Dios siempre estaba a mi lado, ayudándome de mil maneras: colocándome una novia santa que quería ayudarme a salir de estos problemas, un buen trabajo, buenos amigos, etc. Pero yo no creía en el amor verdadero y por ese motivo rechazaba a todos los que me querían. En realidad, me buscaba a mí mismo en la vida solitaria: mi refugio era la soledad.

Debo agradecer a Dios y a mi hermana que colocaron en mi camino la comunidad “Cenáculo“.  Allí mi vida comenzó a cambiar. Allí de verdad aprendí lo que significa amar, perdonar, salir de sí mismo y darse a los demás. Fue una experiencia maravillosa, una escuela de vida. Estuve 4 años en esa comunidad y luego salí  con un gran deseo de hacer algo bueno por los demás. Por esta experiencia mi vida ha cambiado completamente: mi familia de nuevo está unida; he pedido perdón y he perdonado a mi padre, teniéndolo en mis brazos y llorando juntos por el dolor que nos hemos causado en el pasado. ¡Es una gracia invalorable ésta que hemos recibido!

Quería seguir la voz de mi corazón y en él estaba el deseo de dar la vida por Cristo, y le decía: “¡Señor, quiero seguirte!”. Fue en este preciso instante cuando Dios se manifestó por medio de su divina Providencia colocando en mi camino al Movimiento de los Misioneros Siervos de los Pobres del Tercer Mundo, como un faro para alumbrar mi vida y también la de los demás.

En el Movimiento he encontrado todo lo que necesito para ser feliz: por medio de la Santa Eucaristía y del Santo Rosario, a través de tantos actos de amor, el Señor me va formando como arcilla en sus manos, para darme una nueva forma, una nueva vida en el Espíritu, que sin lugar a duda se ve reflejada en el apostolado con los niños huérfanos y abandonados de nuestro Hogar San Tarsicio, y con los más pobres entre los pobres en las misiones a 4.000 metros de altura en la Cordillera de los Andes.

Lo más hermoso de todo no es el llevarles el pan material -que sin lugar a duda es importante-, sino el llevarles el pan espiritual, la Palabra de Dios como fuente de amor y transformación de sus vidas. Estoy seguro de que el Señor -como ha hecho conmigo por su infinita misericordia, curándome de todos mis sufrimientos- también quiere sanar el corazón de tantos niños y tantas familias que no conocen su mensaje de salvación. Es de verdad un gran privilegio servir a los pobres.

Para terminar, sólo quiero agradecerle a Dios por haberme liberado del mal camino y haberme llamado a ser su Siervo. Y quiero invitar a todos los jóvenes que tienen un deseo grande de servir y ayudar a los más necesitados, para que se arriesguen a dar un paso más, para que se atrevan a ser diferentes, a darle un valor distinto a su vida, a dejar las huellas de Cristo en el mundo.

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4 Comments

  1. by Monica Hernandez on 6 dicembre 2015  21:40 Rispondi

    Hola. Soy Monica de Medellin, Colombia. Quiero servir a Dios en lo que El me necesite. Hasta hoy he sido voluntaria en algunos espacios de mi vida pero siento deseos de hacer aun mas y no se como. Soy casada, catolica y sin hijos. Soy Ingeniera y trabajo pero tengo mi tiempo libre para ser misionera laica. Si puedo ayudarles por favor me pueden dar informacion. Muchas gracias y Dios acompañe siempre estas misiones de amor. GRACIAS

  2. by cuxo on 10 febbraio 2017  15:05 Rispondi

    Marioo!! cuanto tiempoo me acuerdo mucho de todos vosotros y me pregunto que sera de vosotroos.
    Contacta con migo por mail cuando puedas.
    un abrazoo!!
    Dale, Dalee!!

    • by Jorge Luis Ramírez García on 12 aprile 2017  17:51 Rispondi

      Hola me llamo Jorge Luis,soy médico cubano .En estos momentos estoy trabajando en Guatemala pero siento vocación por la vida religiosa consagrada.Antes de venir para acá a trabajar me comunicaba con los sacerdotes que trabajan en Cuba en la ciudad de Cienfuegos.Yo tengo 34 años,todavía puedo entrar a una congraegación religiosa? Pregunto por la edad que tengo.Que Dios los bendiga abundantemente.

  3. by Jhon castaño on 20 marzo 2017  20:39 Rispondi

    Hola me llama la atención ser parte de la comunidad donde me puedo dirigir par conocerlos mejor

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