Testimonio Padre Raúl Gonzáles

Uno de los gozos más grandes de un sacerdote es saber que estás dando la vida por los demás.

 

Aún resuena en mi mente y en mi corazón, las palabras que la Virgen María dirigió a san Juan Diego en el monte de Tepeyac: “¿No estoy aquí, que soy tu Madre?”. Pues sí. El testimonio que quiero ofrecerles de estos nueve años de sacerdocio lo dedico a la Santísima Virgen María y a su humilde esposo san José.  

Deseo compartir -dentro de los muchos momentos especiales vividos en éstos años de sacerdocio-, uno muy especial: -Celebraba mi primera misa en mi parroquia “originaria” llamada santa María Magdalena en el distrito de Pueblo Libre (Lima). En aquella primera Misa se encontraban mis familiares, vecinos, amigos, mucha gente que me conocía desde la infancia. Sin embargo, al final de la Misa y después de los saludos y muestras de cariño de todos los asistentes, me di cuenta que faltaba uno de mis amigos más cercanos: Luchito Vela Berrocal. Más tarde, me dieron la noticia que él se encontraba internado en el hospital.

Lo visité algunos días después. Nunca olvidaré el momento en que nos reencontramos. Yo con sotana negra, ahí, de pie en la habitación del hospital y él, todo de blanco, echado en la cama. Mi amigo lloró mucho cuando me vió. Hablamos un poco y luego lo preparé: le pedí si quería recibir el sacramento de la Unción de los Enfermos. Mi amigo Luis sufría de cáncer y el mal estaba alojado en su cerebro…Volví al día siguiente y mi amigo recibió la Unción de los Enfermos de mis manos. Para mí fue un momento muy especial. Era la primera vez que daba este sacramento -a pocos días de ser ordenado presbítero- y además, a mi amigo. Volví a ver a Lucho una tercera vez, antes de retornar al Cusco, para retomar mis actividades cotidianas en la Ciudad de los Muchachos.  Mi amigo luchó un año más con esta terrible enfermedad. Falleció al año siguiente: un 03 de marzo de 2013.  Tengo aún contacto con su familia, especialmente, con su señor padre. Siempre rezo por mi amigo, quien dejó esposa y un pequeño hijo de apenas dos años de edad. Luchito Vela, descansa en paz!!

El ministerio sacerdotal implica sacrificios, renuncias, ofrecimientos. Sin duda, uno de los gozos más grandes de un sacerdote es saber que estás dando la vida por los demás (Juan 15, 13).

El Sacerdote, como otro Cristo, ofrece toda su vida por los demás.

Gracias a todos sus ustedes y que Dios los Bendiga.

Pero hay algo, que siempre me ha conmovido, en todos estos años vividos ya como sacerdote: las tantas veces, que la gente se acerca y te dice: Padrecito, reza por mí..Tengo tal problema o dificultad: Rézale a Dios, “tú que estas más cerca de Dios..”, rézale a Dios por mí…Todos estos pedidos me recuerdan mucho al pasaje bíblico de Números 21,7. El sacerdote como intercesor. 

No deseo terminar estas líneas sin antes recordar las palabras de nuestro Señor Jesús en la cruz a su discípulo: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19, 27). Son palabras que siempre me han acompañado a lo largo de éstos años de ministerio sacerdotal. El saber, por las mismas palabras de Jesús, que Ella está a mi lado, siempre, pase lo que pase. A la Virgen María y a su castísimo esposo san José, les sigo encomendado mi vida, mi labor como servidor de Jesucristo y también les encomiendo, todos los apostolados de los Misioneros Siervos de los Pobres.

Así pues, el sacerdote está puesto por Dios, para orar por su pueblo y para interceder por ellos. Hermosa tarea, que siempre tiene que ser la primera y principal de todo ministro del Señor.

Ahí tienes a tu Madre Jn 19, 27